Estación Norte
Vio su celular. Boulevard de Magenta. ¿Por qué llevaría ese nombre?, pensó. En la otra mano llevaba una botella de vino envuelta en una bolsa negra. Era un merlot de 7 euros y algo más que compró la noche anterior. Estaba por la mitad. Había caminado alrededor de cinco cuadras desde la estación de Anvers. Allí una pareja de chicos le había indicado que siguiera de frente y llegaría a la Gare du Nord, donde podría tomar el RER. Mientras avanzaba por Dunkerque pensó en lo atractivas que eran las calles de esa ciudad de noche. Y qué dulce era la soledad cuando se bebía a sorbos. Si supiera más de música, escribiría una canción sobre este momento. Avanzó unos metros y al fin pudo divisar la estación. Quiso detenerse a contemplar la fachada pero apuró el paso. Eran casi las 11:30 y tenía que llegar a Luxembourg para encontrarse con un viejo amigo. Lo que harían no estaba claro, pero seguro se acabarían la botella y luego comprarían más alcohol, porque era sábado y estaban en París.
- Hola, ¿dónde estás? Ya llegué a Luxembourg.
- Eh, ¿ves el McDonals?
- No, ¿dónde? Igual lo busco en mi celular.
- Ok, ¿puedes caminar hacia allá?
- Sí, ahí te veo.
Se encontraron en Soufflot, un abrazo después de varios meses y una breve introducción al cómo se siente visitar al fin París.
- Oye, ¿trajiste las medias? Ay, muchas gracias, es que estas zapatillas no son buenas para el frío, ya sabes. ¿Y eso del fondo qué es?
- El Panteón, ¿quieres ir a ver?
- Sí, claro.
En el fondo le daba igual. No es que no le importara, pero todo le fascinaba del mismo modo. Caminaron, conversaron, y bebieron el vino en proporciones desiguales. Y esta es la Sorbona, el Barrio Latino, y ¿está garuando, no?. Ahí vivió Verlaine y en la Place Larue hay gente. Vamos por aquí. Siguieron por el Boulvard Saint-Germain y por un instante, sintió el derecho y la necesidad de autodenominarse una flâneuse. Qué tontería, qué alienada, se recriminó, mientras su amigo hablaba por teléfono. Se detuvieron en una esquina y a los pocos minutos apareció el grupo. Los saludó a todos e intentó recordar sus nombres, pero no funcionó.
- Hola, ¿dónde estás? Ya llegué a Luxembourg.
- Eh, ¿ves el McDonals?
- No, ¿dónde? Igual lo busco en mi celular.
- Ok, ¿puedes caminar hacia allá?
- Sí, ahí te veo.
Se encontraron en Soufflot, un abrazo después de varios meses y una breve introducción al cómo se siente visitar al fin París.
- Oye, ¿trajiste las medias? Ay, muchas gracias, es que estas zapatillas no son buenas para el frío, ya sabes. ¿Y eso del fondo qué es?
- El Panteón, ¿quieres ir a ver?
- Sí, claro.
En el fondo le daba igual. No es que no le importara, pero todo le fascinaba del mismo modo. Caminaron, conversaron, y bebieron el vino en proporciones desiguales. Y esta es la Sorbona, el Barrio Latino, y ¿está garuando, no?. Ahí vivió Verlaine y en la Place Larue hay gente. Vamos por aquí. Siguieron por el Boulvard Saint-Germain y por un instante, sintió el derecho y la necesidad de autodenominarse una flâneuse. Qué tontería, qué alienada, se recriminó, mientras su amigo hablaba por teléfono. Se detuvieron en una esquina y a los pocos minutos apareció el grupo. Los saludó a todos e intentó recordar sus nombres, pero no funcionó.
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